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8 oct 2010

"Te quiero porque dueles, Dara"




"Te quiero porque dueles, Dara. Me dueles a mi, les dueles a ellos. Pero, sobre todo, te dueles a ti misma. Te haces daño y disfrutas haciéndolo. Disfrutas intentando no quererte porque piensas que mejor lo malo conocido y que, si eres tú la causa de tu sufrimiento no lo será otra persona. Por eso…"

"¿Me quieres porque te hago daño?"

"No, idiota. Te quiero porque necesitas desesperadamente que alguien lo haga, que alguien te quiera. Y para que aparezca cualquier otro que lo haga mal, prefiero hacerlo yo, que ya te voy pillando el tranquillo."


30 sept 2010

Ismael sacó la taza humeante del microondas. El olor a chocolate inundó la cocina, mientras él no podía evitar sacudir la cabeza. La puerta entreabierta le permitía ver a Dara sentada en aquel sofá blanco que tanto le gustaba, es en el que habías compartido tantas caricias y orgasmos. Ella solía decir que aquel sofá era lo que más le gustaba de la casa del chico, que olía como él. Sin embargo, esta vez Dara no tenía gesto. Se mantenía acurrucada, abrazada a un cojín de color cielo nublado, como sus ojos en ese momento. No sonreía, apenas se movía, daba la sensación de que casi ni respiraba. Se mantenía silenciosa, estática, mientras los minutos y segundos se le escurrían al reloj. Entonces Ismael no sabía si mirarla o no mirarla porque sabía que nada más que el tiempo podía hacerla sonreír. Había aprendido a comprender sus ataques de tristeza y sabía que por mucho que hiciera no conseguiría arrancarle una sonrisa en condiciones.
-Eres idiota...- se dijo, mirando el oscuro chocolate, incapaz de reprimir su desagrado. Tomó aire y se dirigió al salón.
-¿Ponen algo bueno en la tele?- preguntó, fingiendo indiferencia, mientras se sentaba al lado de la chica.
Ella le miró durante unos segundos, son cambiar su expresión. Por un momento él pensó que le ignoraría, que se encogería de hombros y que esa sería su única respuesta.
Pero, de pronto, ella le abrazó. Apoyó la cabeza en su hombro y él tuvo que hacer malabares para que la taza no se cayera.
-¿Sabes cuando empecé a quererte?- preguntó Dara, sin mirarle, pegando la cabeza a su pecho.
-¿Qué?- dijo él, dejando que se acomodara, bebiendo un poco de chocolate.
-Que si sabes cuando empecé a quererte. A quererte de verdad. No solo sexo, ni cariño... Digo amor. Del bueno, del de las películas.
-Pues... no. No me había parado a pensarlo.
-Fue una tarde del invierno pasado, cerca de navidad. Yo estaba... bastante peor que ahora. Llevaba días así y tú te estabas volviendo loco, no sabías como comportarte ni qué hacer. No comía, no dormía... Nada. Estabas realmente preocupado y te preguntabas si realmente habías hecho bien. Si yo era demasiada responsabilidad para ti, si estaría mejor con otro. Ibas a proponerme que lo dejáramos, pero te resistías a hacerlo. El caso es que aquella tarde, mientras llovía, hiciste chocolate y lo trajiste aquí. Me enfadé, te dije que no te lo había pedido, que no lo quería. Pero entonces tú pusiste tu mejor cara de suficiencia y dijiste que no me hiciera la lista, que ese chocolate era para ti. Al rato conseguiste, como quien no quiere la cosa, que diera un trago y dos y tres. En dos días yo ya estaba como nueva y todo se quedó en eso, en una mala temporada. Y es que nunca he vuelto a sentirme tan mal como entonces...
-No lo entiendo.- Ismael frunció el ceño.- ¿Me... me quisiste por haberme hecho chocolate?
-Cosas mías.- ella le quitó la taza de las manos, dando un leve sorbo y cerrando los ojos.- Ya sabes cuanto me gusta... Una pena que a ti te de tanto asco.
El chico desvió la mirada, sonrojándose.
-Toma el mando.- dijo ella, zanjando el tema.- Yo ya tengo todo lo que necesito.


2 sept 2010

Amarillo, azul turquesa y añil.

El cuarto de Dara era un lugar un tanto extraño. La ropa colgaba de uno de esos percheros que tienen las estrellas de cine en sus camerinos, con un biombo rojo al lado que parecía sacado del Japón más oriental. Algún que otro peluche de mirada perdida y vacía observaba desde la mesilla, mientras que miles de fotografías cuyas imágenes eran difíciles de definir adornaban las paredes. En la única que quedaba totalmente libre alguien había dibujado un enorme camaleón verde que descansaba sobre una pequeña ramita, sobre un fondo amarillo, azul turquesa y añil. El escritorio estaba abarrotado de papeles, bolígrafos, lápices, cuadernos... Un pequeño cactus coronado con una flor violeta se escondía en una esquina, mientras que sobre la estantería, donde los libros casi no cabían, había varias botellas vacías llenas de arena de colores brillantes. ¿Y los libros? Los libros, si. Estaban por toda la habitación. Al parecer había conseguido reunir tantos que ya no sabía donde meterlos, y los había colocado por todas partes, unos encima de otros, formando columnas, apoyos para otras cosas... Como poco habría mil.
Ismael, que era -entre otras cosas- un amante del orden, no podía evitar pensar las pocas veces que entraba allí que era imposible dormir en un lugar como ese. La anarquía no es buena compañera de cama, era imposible concentrarse.
-Dara- dijo, decidido, mientras ella le empujaba sobre la cama.- Tienes que ordenar esto algún día...
-¡Que dices! Si ya está ordenado - dijo sin mirarle, mientras le desabrochaba los pantalones.- Es el caos más perfecto que he sido capaz de crear.
Y claro, mientras alguien te está quitando la ropa a mordiscos es un poco complicado mantener alguna discusión.

7 ago 2010

Y bailas...

Llevas los siete pecados atados a la cintura y yo, chiquilla, no puedo dejar de mirarte, mientras te contoneas cual sirena caminando de un lado a otro en el bar ¡Pobre de mi, mezclando las ganas de tenerte con vodka aderezado con miedo e imaginando el sabor de tus tatuajes sobre tu piel morena!Y tú bailas y yo me vuelvo loco, chiquilla, loco por saber tu nombre y por meterme en tu cama, loco por cada uno de tus parpadeos y por el aire que sale de tus pulmones. Y tus ojos de avellana, chiquilla, que me descuartizan el alma. Me robas las ganas, me robas los días y las noches, que dedicaría una y mil veces mi tiempo a comerte entera.
Y bailas, chiquilla, y sigues bailando, y las notas de tus silencios me despiertan más que cualquier melodía. Cambiaría de planeta por ti, chiquilla, te regalaría mil lunas. Y es que son, chiquilla, tus medias de rejilla las que encarcelan mi alma y tus zapatillas de lona las que te llevan lejos de mis pensamientos. Es tu camiseta de tirantes la que imagino durmiendo en el suelo de mi habitación. La tuya, chiquilla, la tuya.
Matahari de barrio y cenicienta de sueldo, estás más muerta que viva, chiquilla.
Y lo sabes.
Y por eso no te paras. Y por eso es porque bailas. Porque tu corazón ya no late, chiquilla, y tienes miedo de que tu sangre se detenga y no te permita volver a soñar.
Chiquilla de inocencia robada, princesa de cada madrugada, mientras bailas espero que no te acabes convirtiendo en la sombra de todo cuanto te has atrevido a ser. Formas de niña y maneras de mujer.
Baila, chiquilla, bailame...

27 jul 2010

La primera vez que se vieron la Tierra no dejó de girar. No hubo estrellas fugaces ni fuegos artificiales. Ni siquiera se miraron a los ojos.
Ella llevaba Slipknot en los oídos, demasiado alto como para permitir que el resto del mundo le importara lo más mínimo. Él, sentado al fondo de aquel vagón de metro, paseo su mirada sobre su cuerpo, recordando el por qué le gustaba tanto el verano y las falditas que este se traía, cada año más cortas. Su mirada se enredó en el pelo de la chica, bajando despacio y cayendo sobre su piel como gotitas de lluvia, memorizando sus curvas de mujer recién estrenada. Ni siquiera le vio la cara y es que; ¿qué falta le hacía? No pensaba en amor en aquellos instantes, si no más bien en algo menos místico y más carnal.
El metro se detuvo, las puertas se abrieron y ella se ahogó en el río de gente que viene y va, como el azul del mar de alguna canción. Él agachó la mirada, volviendo a centrarse en sus apuntes y no volvio a pensar en ella.
Hasta que volvieron a encontrarse.
Y es que no se a vosotros, pero a mi el amor -con sus cuatro letras.- me parece algo tan serio que es imposible encontrártelo un día, tan tranquilo, caminando por la calle.
La historia de estos dos vale mucho más que eso... Ya veréis, ya!



Vuelvo, no se por qué, pero no puedo estar un minuto más sin escribir.
Gracias a todos por los mensajes de ánimo, no sabeis la falta que me hacían!

Nubes


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