31 jul. 2010

Ropa que estorbe, promesas que sobren.

Nada más mirarte de frente supe qué era lo que escondías tras esos ojos de azul océano. Buscabas resquicios por los que dejar huir el deseo que se agolpaba en tu cintura. Malas personas, podemos decir. Querías a alguien que te dejara seco y vacío, que te mirara a los ojos mientras te quitaba la ropa a mordiscos. Querías a alguien a quien no fueras a volver a ver, alguien que hiciera que no te sintieras culpable por contar sus lunares una noche de verano. Alguien con quien poder ser salvaje, desconsiderado, alguien que te devolviera los golpes y te destrozara la espalda con sus arañazos. Alguien a quien le importara tu cuerpo, no tu alma. Alguien que te hiciera estallar, olvidar, suspirar, gemir... Un amor de veinte minutos, de esos que luego se van por donde han venido, sin dar ni pedir una explicación. Uno que sepa a alcohol y a cigarrillos, y que su piel se cubra del sudor desesperado de los incandescentes. Alguien a quien apagarle las ganas a cambio de una sonrisa cómplice, alguien con quien compartir un deseo mudo, caricias silenciosas y jadeos hechos de nitroglicerina.
Alguien con quien no hiciera falta fe, solo pasión.
El alma que faltaba en tu cama.
Ropa que estorbe.
Promesas que sobren.


¡Una pena, ojos azules!
¡Tan lento como siempre!
Podrías haberte dado cuenta antes de que era yo lo que necesitabas.

27 jul. 2010

La primera vez que se vieron la Tierra no dejó de girar. No hubo estrellas fugaces ni fuegos artificiales. Ni siquiera se miraron a los ojos.
Ella llevaba Slipknot en los oídos, demasiado alto como para permitir que el resto del mundo le importara lo más mínimo. Él, sentado al fondo de aquel vagón de metro, paseo su mirada sobre su cuerpo, recordando el por qué le gustaba tanto el verano y las falditas que este se traía, cada año más cortas. Su mirada se enredó en el pelo de la chica, bajando despacio y cayendo sobre su piel como gotitas de lluvia, memorizando sus curvas de mujer recién estrenada. Ni siquiera le vio la cara y es que; ¿qué falta le hacía? No pensaba en amor en aquellos instantes, si no más bien en algo menos místico y más carnal.
El metro se detuvo, las puertas se abrieron y ella se ahogó en el río de gente que viene y va, como el azul del mar de alguna canción. Él agachó la mirada, volviendo a centrarse en sus apuntes y no volvio a pensar en ella.
Hasta que volvieron a encontrarse.
Y es que no se a vosotros, pero a mi el amor -con sus cuatro letras.- me parece algo tan serio que es imposible encontrártelo un día, tan tranquilo, caminando por la calle.
La historia de estos dos vale mucho más que eso... Ya veréis, ya!



Vuelvo, no se por qué, pero no puedo estar un minuto más sin escribir.
Gracias a todos por los mensajes de ánimo, no sabeis la falta que me hacían!

13 jul. 2010

Despedida

Me he cansado de ser una hipócrita. Me he cansado de no ser capaz de sentir todas esas cosas que escribo. Me he cansado de estar desganada, de obligarme a mi misma a encontrar las palabras más bonitas, las más adecuadas para expresar algo que me es desconocido, que no se hacer.
Creo que es hora de dejar de tener la cabeza llena de pájaros y aprender que hay ciertas cosas que tienen que tener prioridad y perseguir quimeras no es una de esas cosas.
Es lo que tengo, que cuando estoy triste y llueve me vuelvo una inútil. A día de hoy, sentirme inútil es el peor reproche que puedo hacerme a mi misma. Porque se que no soy como el resto y, tristemente, tampoco puedo cerrar la boca y aparentarlo. Me ahorraría este testamento, al menos.
En fin, que gracias a todos por haber perdido vuestro tiempo con mis fantasmas, pero creo que ha llegado la hora de empezar a hacer las cosas bien -y las paradojas de una escritorzuela frustrada y de poca monta no entran, desde luego, en ese tipo de cosas.
Sin más, me despido.
Gracias a todos.

12 jul. 2010

Hoy, te regalo mis ojos si tú me prestas tu sonrisa.


9 jul. 2010

Los árboles eran altos y triangulares. Estaban serenos.
Liesel sacó El árbol de las palabras de la bolsa y le enseñó a Rudy una de las páginas en la que aparecía un niño con tres medallas colgando del cuello.
-"El pelo de color limón"-leyó Rudy. Tocó las palabras con los dedos.- ¿Le hablabas de mi?
Liesel no pudo responder enseguida. Tal vez fue la súbita sacudida amorosa que sintió por él. ¿O había sido así siempre? Era probable. Privada del habla, deseó que la besara, que la agarrara de la mano y la atrajera hacia él. No importaba donde. En la boca, en el cuello, en la mejilla.
Tenía toda la piel libre para él, a la espera.
Unos años antes, cuando corrían por un campo embarrado, Rudy era un saco de huesos ensamblados con prisas, de sonrisa escarpada e irregular. Esa tarde entre los árboles era alguien que repartía pan y ositos de peluche. Era tricampeón de atletismo de las Juventudes Hitlerianas. Era su mejor amigo.
Y faltaba un mes para su muerte.
-Claro que le hablaba de ti- respondió Liesel.
Se estaban despidiendo y ni siquiera lo sabía


La ladrona de libros
Markus Zusak

2 jul. 2010

Gatas.

Me gusta la sonrisa de idiota que se te pone cada vez que imaginas como te desabrocho uno a uno los botones de la camisa.
A las gatas de calle, como yo, nos basta con un par de caricias antes de irnos a dormir. Deja la ventana abierta, que me deslizaré por tu tejado y me colaré en tu cama sin que te de tiempo a rechistar. Puedo apostarme mi tiempo y el tuyo a que esta adicción tan tonta - tu adicción a mi- te hará despertarte más de una noche ardiendo y odiando el que yo no esté para comerte a bocaos y repasar anatomía -la tuya, puestos a especificar. Esta vez son mis demonios los que se cuelan en tu cama y tus vaqueros desgastados los que acabarán los primeros en el suelo de la habitación. Y es que a veces no te crees que soy incandescente, oye, y que nunca me termino de apagar. Pero en fin, nos conocemos, y si te ronroneo lo suficiente al oído sabes que no vas a resistirte mucho a venirte conmigo a jugar al sofá. O a donde sea. Lo importante es que sea a mi a quien arropes cuando los malos momentos se me metan en los pulmones pegados al aire frío del invierno y a la sinrazón de mi cabeza atolondrada y defectuosa. Que a las gatas malhumoradas también nos viene bien de vez en cuando pasar el invierno en un rincón calentito. Para evitar infecciones de corazón y parásitos en el alma, ya sabes.
Y es que, por muy zorra y puta que sea, a mi también me apetece tener a alguien bueno a quien poder querer, aunque solo sea para que no se me oxiden los latidos y evitar ese chirrido tan molesto que me hace estremecer los tímpanos y no me deja oir nada más.
Pero, eh, tranquilo, que no voy a pedirte imposibles, no voy a exigirte que me quieras...




A las ilusas como yo nos vale solo con que lo parezca.

Nubes


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