30 sept. 2010

Ismael sacó la taza humeante del microondas. El olor a chocolate inundó la cocina, mientras él no podía evitar sacudir la cabeza. La puerta entreabierta le permitía ver a Dara sentada en aquel sofá blanco que tanto le gustaba, es en el que habías compartido tantas caricias y orgasmos. Ella solía decir que aquel sofá era lo que más le gustaba de la casa del chico, que olía como él. Sin embargo, esta vez Dara no tenía gesto. Se mantenía acurrucada, abrazada a un cojín de color cielo nublado, como sus ojos en ese momento. No sonreía, apenas se movía, daba la sensación de que casi ni respiraba. Se mantenía silenciosa, estática, mientras los minutos y segundos se le escurrían al reloj. Entonces Ismael no sabía si mirarla o no mirarla porque sabía que nada más que el tiempo podía hacerla sonreír. Había aprendido a comprender sus ataques de tristeza y sabía que por mucho que hiciera no conseguiría arrancarle una sonrisa en condiciones.
-Eres idiota...- se dijo, mirando el oscuro chocolate, incapaz de reprimir su desagrado. Tomó aire y se dirigió al salón.
-¿Ponen algo bueno en la tele?- preguntó, fingiendo indiferencia, mientras se sentaba al lado de la chica.
Ella le miró durante unos segundos, son cambiar su expresión. Por un momento él pensó que le ignoraría, que se encogería de hombros y que esa sería su única respuesta.
Pero, de pronto, ella le abrazó. Apoyó la cabeza en su hombro y él tuvo que hacer malabares para que la taza no se cayera.
-¿Sabes cuando empecé a quererte?- preguntó Dara, sin mirarle, pegando la cabeza a su pecho.
-¿Qué?- dijo él, dejando que se acomodara, bebiendo un poco de chocolate.
-Que si sabes cuando empecé a quererte. A quererte de verdad. No solo sexo, ni cariño... Digo amor. Del bueno, del de las películas.
-Pues... no. No me había parado a pensarlo.
-Fue una tarde del invierno pasado, cerca de navidad. Yo estaba... bastante peor que ahora. Llevaba días así y tú te estabas volviendo loco, no sabías como comportarte ni qué hacer. No comía, no dormía... Nada. Estabas realmente preocupado y te preguntabas si realmente habías hecho bien. Si yo era demasiada responsabilidad para ti, si estaría mejor con otro. Ibas a proponerme que lo dejáramos, pero te resistías a hacerlo. El caso es que aquella tarde, mientras llovía, hiciste chocolate y lo trajiste aquí. Me enfadé, te dije que no te lo había pedido, que no lo quería. Pero entonces tú pusiste tu mejor cara de suficiencia y dijiste que no me hiciera la lista, que ese chocolate era para ti. Al rato conseguiste, como quien no quiere la cosa, que diera un trago y dos y tres. En dos días yo ya estaba como nueva y todo se quedó en eso, en una mala temporada. Y es que nunca he vuelto a sentirme tan mal como entonces...
-No lo entiendo.- Ismael frunció el ceño.- ¿Me... me quisiste por haberme hecho chocolate?
-Cosas mías.- ella le quitó la taza de las manos, dando un leve sorbo y cerrando los ojos.- Ya sabes cuanto me gusta... Una pena que a ti te de tanto asco.
El chico desvió la mirada, sonrojándose.
-Toma el mando.- dijo ella, zanjando el tema.- Yo ya tengo todo lo que necesito.


27 sept. 2010

Donde habite el olvido

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Luis Cernuda







21 sept. 2010

La rebusca


Frío, como los témpanos, como ese fondo de frigorífico pendiente de una correcta descongelación, y como muchos otros adjetivos que a cualquiera se le puede ocurrir. Eso es lo que pensaba ella al ver semejante panorama. Todo revuelto, tirado por el suelo, nada tiene lógica y daba la sensación de que alguien se había esmerado en dejarlo así, con saña. Pero ¿qué andarían buscando entre sus braguitas multicolor, una en la ventana y otra en el radiador? Nada tenía guardado de valor, era de esas personas que si iba a morir, moriría con las botas engarzadas de diamantes puestas.

Descolgó el teléfono, y tres números marcó. A alguien tendría que dar aviso de esa violación de lo que ella consideraba trivial, su intimidad. Quizás fuese eso lo que querían robar. Respuesta recibió, y sobre lo acontecido relató lo poco que ella sabía, y lo mucho que angustiada se veía. La tranquilizaron, la informaron de que alguien iría a atestarlo, y colgaron, que el teléfono está muy caro.

Mientras la visita esperaba, nuestra amiga se puso a recoger el desastre que enterraba su habitación, ya de paso descubrir qué es lo que faltaba. Poco a poco, las cosas aparecían unas detrás de otras, y estaba todo. De repente, una campana se oyó a la lejanía del pasillo de la casa. Fue a abrir, y al otro lado un azulado libreta en mano y mirada de “hago esto porque quiero comer” se dispuso a enterarse de lo acontecido en el cuarto piso sin ascensor de esa casa céntrica. Poca respuesta obtuvo, y en cuanto se dio por satisfecho, se despidió con un “tenga cuidado”, y marchó con sus gestos cuadrados.

Después de la sincronizada escena, un segundo número de teléfono cruzó su mente atareada en devolver a su estado original su morado cuarto. Su dedo voló sobre el teclado, y en cinco segundos de reloj, una grave voz sonó. Relamidas frases, indirectas lanzadas a hueso y explicaciones después,  la voz se personificó en su puerta. Al final, todo había vuelto a su orden, y eso sólo había una forma de celebrarlo.

Pero, en medio de la fiesta, ella descubrió qué le habían sustraído. Algo que, aunque barato, en un momento así no tenía precio en este mundo de los deseos, de los sentimientos, y de los suspiros ante los rayos de un sol de otoño. Y que, a su pesar, la celebración cortó, hasta que unos nuevos pudo recuperar.

La habían robado los condones.




 Recien sacado del horno, esto es un regalo de Héctor el magnífico.
Os recomiendo que le busqueis en su rinconcito, no tiene desperdicio!
                                                                     EET FUK

15 sept. 2010

Desde entonces vivo

"Le pedí que me quisiera y dijo que noviembre no es mes para querer. Que estaba muy ocupado intentando mantener su sangre en constante movimiento y pensando en sus deberes. Que lo sentía, que otro día. Me rompió el corazón y me senté a esperar. Entonces llegó la vida y me sorprendió con los zapatos puestos así que pensé, ¿por qué no? Y me lancé a la aventura. Desde entonces no me importa que él no me quiera, ni que sea noviembre, ni los deberes atrasados. Desde entonces vivo. ¡Y eso no me deja tiempo para nada más!"

8 sept. 2010

Enero del 92

-¡Joder, Anne!¡Eres insoportable!¿Hay alguien que no se haya cansado ya de tus aires de grandeza? Cada día estoy más seguro de que he hecho bien acostándome con otra, que te lo merecías, que es culpa tuya por ser así...

-¡Aires de grandeza, dice! Pero vamos a ver, ricura, ¿cómo no voy a tenerlos si siempre hago las cosas bien? Soy realista y no voy a negarme que siempre tengo razón... Solo me he equivocado dos veces en la vida; una fue en enero del 92, que me compré una cazadora con hombreras. La otra fue cuando convertí follar contigo en una costumbre... ¡Si ni siquiera lo haces bien!




6 sept. 2010

Nadie dijo que fuera fácil.

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra. Quizás el botín de tan larga campaña -y lo que te queda todavía- no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero el botín es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tu has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hata el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena.
La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no están en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que llevaba libros a las horas de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que cargaba la mochila con El guardian entre el centeno o El Señor de los Anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía antes que ir a gritar al parque de atracciones. Que se enfrantaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que se había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quien era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo si no precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta, diferente.
Mírate ahora, tan lejos de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mazquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, de que la niña callada del banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera, con tus libros, con tus películas, con esos amigos que no sabes cuanto durarán y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
Y si no lo sabes te lo digo yo, amiga; no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.


Arturo Pérez-Reverte


Pdt:
por escribir lo que psiensa 
sin pensar en lo que escribe.

2 sept. 2010

Amarillo, azul turquesa y añil.

El cuarto de Dara era un lugar un tanto extraño. La ropa colgaba de uno de esos percheros que tienen las estrellas de cine en sus camerinos, con un biombo rojo al lado que parecía sacado del Japón más oriental. Algún que otro peluche de mirada perdida y vacía observaba desde la mesilla, mientras que miles de fotografías cuyas imágenes eran difíciles de definir adornaban las paredes. En la única que quedaba totalmente libre alguien había dibujado un enorme camaleón verde que descansaba sobre una pequeña ramita, sobre un fondo amarillo, azul turquesa y añil. El escritorio estaba abarrotado de papeles, bolígrafos, lápices, cuadernos... Un pequeño cactus coronado con una flor violeta se escondía en una esquina, mientras que sobre la estantería, donde los libros casi no cabían, había varias botellas vacías llenas de arena de colores brillantes. ¿Y los libros? Los libros, si. Estaban por toda la habitación. Al parecer había conseguido reunir tantos que ya no sabía donde meterlos, y los había colocado por todas partes, unos encima de otros, formando columnas, apoyos para otras cosas... Como poco habría mil.
Ismael, que era -entre otras cosas- un amante del orden, no podía evitar pensar las pocas veces que entraba allí que era imposible dormir en un lugar como ese. La anarquía no es buena compañera de cama, era imposible concentrarse.
-Dara- dijo, decidido, mientras ella le empujaba sobre la cama.- Tienes que ordenar esto algún día...
-¡Que dices! Si ya está ordenado - dijo sin mirarle, mientras le desabrochaba los pantalones.- Es el caos más perfecto que he sido capaz de crear.
Y claro, mientras alguien te está quitando la ropa a mordiscos es un poco complicado mantener alguna discusión.

Nubes


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