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14 nov 2010

Unknown

Everything will be okay in the end. 
If it's not okay, it's not the end. 

(Unknown)



21 sept 2010

La rebusca


Frío, como los témpanos, como ese fondo de frigorífico pendiente de una correcta descongelación, y como muchos otros adjetivos que a cualquiera se le puede ocurrir. Eso es lo que pensaba ella al ver semejante panorama. Todo revuelto, tirado por el suelo, nada tiene lógica y daba la sensación de que alguien se había esmerado en dejarlo así, con saña. Pero ¿qué andarían buscando entre sus braguitas multicolor, una en la ventana y otra en el radiador? Nada tenía guardado de valor, era de esas personas que si iba a morir, moriría con las botas engarzadas de diamantes puestas.

Descolgó el teléfono, y tres números marcó. A alguien tendría que dar aviso de esa violación de lo que ella consideraba trivial, su intimidad. Quizás fuese eso lo que querían robar. Respuesta recibió, y sobre lo acontecido relató lo poco que ella sabía, y lo mucho que angustiada se veía. La tranquilizaron, la informaron de que alguien iría a atestarlo, y colgaron, que el teléfono está muy caro.

Mientras la visita esperaba, nuestra amiga se puso a recoger el desastre que enterraba su habitación, ya de paso descubrir qué es lo que faltaba. Poco a poco, las cosas aparecían unas detrás de otras, y estaba todo. De repente, una campana se oyó a la lejanía del pasillo de la casa. Fue a abrir, y al otro lado un azulado libreta en mano y mirada de “hago esto porque quiero comer” se dispuso a enterarse de lo acontecido en el cuarto piso sin ascensor de esa casa céntrica. Poca respuesta obtuvo, y en cuanto se dio por satisfecho, se despidió con un “tenga cuidado”, y marchó con sus gestos cuadrados.

Después de la sincronizada escena, un segundo número de teléfono cruzó su mente atareada en devolver a su estado original su morado cuarto. Su dedo voló sobre el teclado, y en cinco segundos de reloj, una grave voz sonó. Relamidas frases, indirectas lanzadas a hueso y explicaciones después,  la voz se personificó en su puerta. Al final, todo había vuelto a su orden, y eso sólo había una forma de celebrarlo.

Pero, en medio de la fiesta, ella descubrió qué le habían sustraído. Algo que, aunque barato, en un momento así no tenía precio en este mundo de los deseos, de los sentimientos, y de los suspiros ante los rayos de un sol de otoño. Y que, a su pesar, la celebración cortó, hasta que unos nuevos pudo recuperar.

La habían robado los condones.




 Recien sacado del horno, esto es un regalo de Héctor el magnífico.
Os recomiendo que le busqueis en su rinconcito, no tiene desperdicio!
                                                                     EET FUK

6 sept 2010

Nadie dijo que fuera fácil.

Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra. Quizás el botín de tan larga campaña -y lo que te queda todavía- no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero el botín es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tu has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hata el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando.
Ahora sabes que todo merece la pena.
La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no están en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que llevaba libros a las horas de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que cargaba la mochila con El guardian entre el centeno o El Señor de los Anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía antes que ir a gritar al parque de atracciones. Que se enfrantaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que se había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quien era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo si no precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta, diferente.
Mírate ahora, tan lejos de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mazquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, de que la niña callada del banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera, con tus libros, con tus películas, con esos amigos que no sabes cuanto durarán y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil.
Y si no lo sabes te lo digo yo, amiga; no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar muros espesos que te rodean.
Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.


Arturo Pérez-Reverte


Pdt:
por escribir lo que psiensa 
sin pensar en lo que escribe.

19 ago 2010

"Mar adentro, mar adentro. Y en la ingravidez del fondo, donde se cumplen los sueños se unen tantas voluntades para cumplir un deseo. Un beso enciende la vida con un relámpago y un trueno. Y en una metamorfosis mi cuerpo no es ya mi cuerpo. Es como penetrar al centro del universo. El abrazo más pueril y el más puro de los besos, hasta vernos reducidos en un único deseo. Tu mirada y mi mirada como un eco repitiendo sin palabras: más adentro, más adentro. Hasta el más allá del todo por la sangre y por los huesos. Pero me despierto siempre, y siempre quiero estar muerto. Para seguir con mi boca enredada en tus cabellos."
Mar Adentro


9 jul 2010

Los árboles eran altos y triangulares. Estaban serenos.
Liesel sacó El árbol de las palabras de la bolsa y le enseñó a Rudy una de las páginas en la que aparecía un niño con tres medallas colgando del cuello.
-"El pelo de color limón"-leyó Rudy. Tocó las palabras con los dedos.- ¿Le hablabas de mi?
Liesel no pudo responder enseguida. Tal vez fue la súbita sacudida amorosa que sintió por él. ¿O había sido así siempre? Era probable. Privada del habla, deseó que la besara, que la agarrara de la mano y la atrajera hacia él. No importaba donde. En la boca, en el cuello, en la mejilla.
Tenía toda la piel libre para él, a la espera.
Unos años antes, cuando corrían por un campo embarrado, Rudy era un saco de huesos ensamblados con prisas, de sonrisa escarpada e irregular. Esa tarde entre los árboles era alguien que repartía pan y ositos de peluche. Era tricampeón de atletismo de las Juventudes Hitlerianas. Era su mejor amigo.
Y faltaba un mes para su muerte.
-Claro que le hablaba de ti- respondió Liesel.
Se estaban despidiendo y ni siquiera lo sabía


La ladrona de libros
Markus Zusak

12 jun 2010

El farero.

Me desperté junto a él, estábamos juntos. Pegajosos, mojados, abrazados. Era todavía de día o era de nuevo de día. No lo sé. ¿Cuántas veces? No lo sé.
Y ¿quién es él realmente? No lo sé. Tiene el pelo negro y mientras me toca nunca se quita los guantes rojos.
Mi cuerpo es como un ojo por delante y por detrás. En cada poro, ampollas de placer. Se abren. Estallan. siento partes de mi cuerpo que no sabía que existían. No sabía que yo era tan honda ni que estaba tan vacía. Mi cántaro estaba ansioso de tu agua. Una y otra vez. Una y otra vez.
Los ojos cerrados.
Mi vacío eran inmenso, pero tu alma también.



Aunque seamos malditas.
Eugenia Rico.

Nubes


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