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4 oct 2010

Desde entonces

Tus manos se deslizaron por mi cintura y no quise decir más. Tu aliento resonó en mis oídos y tu nombre se escapó de mis labios. Temblé y sonreiste cual encantador de serpientes. Entonces se me quitaron las ganas de discutir, de respirar. Se me quitaron las ganas de tenerte tan -tan- lejos, de que tu olor me fuera ajeno y de no encontrar tus ojos cerrados por las mañanas. Decidí que tenerte dentro sería la mayor de las victorias, aunque nunca hubiesemos librado una guerra. Sería una victoria sobre la vida y sus golpes duros, supongo. Así que, sin más dilación, me hice dueña de tus gemidos y sombra de tus siluetas, me deslicé por tu cuerpo cual gota traviesa de sudor. Me alimenté de tus suspiros y tu te estremeciste cada vez que grité tu nombre. Bajamos, subimos y acariciamos los límites entre el éxtasis y el cielo.
Y, a la mañana siguiente, abrí los ojos. Tú seguías ahí, somnoliento, con tu cuerpo desnudo cubierto por la sábana. Exausto, deshecho.


Desde entonces, noviembre me parece el mes más dulce.

26 jun 2010

Carta al desamor que se sale por la tangente.

Mis ganas de quererte y no quererte se quedan en empate.
Y es que, ahora mismo, se que nada de esto va a salirnos bien. Ni a ti ni a mi. Cada uno, por cierto, a un lado del abismo. En el fondo, es lo único que nos queda. Y, siendo sinceros, no puedo recomendarte que me quieras; no es sano. Te has enamorado mal, ¿sabes? Porque te has enamorado de mi.
Y es que, ¿esperas las cosas sencillas?
Con desquiciadas como yo, la vida se resume en dos extremos que, cuando se mezclan, estallan. Y no te aseguro que trocitos de ti, de tu corazón y de tu memoria, no se vean envueltos en tamaña dificultad; ya te reconstruiste una vez pero sabemos que no podrías volver a hacerlo.
Por eso, aunque ahora mismo me muera de ganas de quererte, de estar contigo, no puedo olvidarme de lo que sería mejor para ti, que viene resumido en estar lo más lejos posible de alguien que no se merece ni uno solo de tus suspiros, ni una sola de tus miradas, ni una sola de tus caricias.
Y, trsitemente -para mi más que para nadie- ese alguien soy yo.
A veces, los que queremos a alguien, -los amorosos, que dice Sabines- somos capaces de querer bien. Así, como yo quiero quererte para que, conmigo o sin mi, llegues a ser quien de verdad quieres ser.
De todas formas...




Hablamos despues, ¿si?
Cuando volvamos de París...

14 may 2010

Y mi ropa en el suelo de tu habitación.

No es tan sencillo.
No es tan sencillo como decir que le das sentido a mi vida- sabemos ambos que eso es mentira.- No es tan sencilo como hablar de amor, desde luego. No es tan fácil como recibir golpes, como dar caricias. No va de miradas, de sexo, ni de besos. no es como sentir mariposas en el estómago. No eres, desde luego, un ángel caido del cielo ni un príncipe disfrazado. 
Vamos a dejarnos de tópicos y a hablar con franqueza. Vamos a dedicarnos un rato a ti, a mi y a las ausencias que nos ocupan el pecho. Hablemos de lo práctico de los suspiros, de los alientos. Discutamos que se siente cuando te pulverizan el corazón y le prenden fuego a los cimientos de tu vida. Hablems de orden, de te, de puntos de vista. Hablemos de fotografías y de cervezas heladas; todo es negociable. Hablemos de mis caderas y de tus manos y de lo bien que se llevan. Hablemos de coincidencias, de literatura, de prosas y versos. De Dioses, de adioses, de milagros.  Explícame como enfriarme antes de estallar y yo te enseñaré lo dulce y picante que se puede hacer un infireno, mi infierno. Te mostraré como incendiar los malos recuerdos y noches vacías, que a veces se hacen insoportablemente largas. De ruidos molestos, de guitarras desafinadas y bajos perezosos. de los silencios abruptos que descansan en los acantilados que hay entre los rayos de sol. Hablemos del colorante de las manzanas y de las tostadas que vas a prepararme para desayunar.
Hablame de la India.
¡Si, hablame de la India!
Hablemos ahora que podemos, antes de que mi ropa descanse en el suelo de tu cuarto, antes de que nos hayamos comido el uno al otro, antes de que me vaya y no nos volvamos a ver.
Antes de ser yo parte de ti y tú parte de mi.
Aunque creo, cielo mío, que para eso llegamos demasiado tarde.

3 may 2010

Dibuja y desdibuja.

Me escuecen las heridas del corazón cuando estoy contigo.
¿Será porque vienes a curármelas con tu sonrisa manchada de cigarrillos?
Puedo portarme bien si me lo pides con ganas. Puedo hacer como que no voy a irme si tú haces como que me A(+). Y viceversa. Puedo contarte las historias más largas y hacerte las noches más cortas, llenarte tus oidos vacíos de palabras no tan huecas como te hicieron creer en su día. Tú dame tiempo. Dame tiempo y puede que lo infuncionable funcione. Que yo puedo borrar lo imborrable, saltarme lo previsible. Puedo enredarme entre tus piercings y deborar tus tatuajes.
Puedo descolocarte, ánima libera.
Puedo hacerte libre.
Solo si tú me dejas que te descoloque, claro.





Yo, a cambio, puedo dejar que dibujes o desdibujes mis contornos.
Lo que tú prefieras.

13 mar 2010

Ella se había quedado ciega en un accidente de tráfico. Los médicos les habían dado una serie de complicaciones que indicaban, muy a su pesar, que los ojos castaños de la pelirroja no volverían a ver nunca más. 
Ella, que iba notando poco a poco como se la comían viva las sombras, no pudo por más que aceptar tan cruel e incierto destino.
Él, que seguía siendo un niño, se vio pequeño y desamparado, sin saber que camino tomar. Podía alegar locura transitoria o simplemente miedo y huir allá lejos, buscar otro cuerpo, otras manos y otro olor a primavera aliñados con unos ojos nuevos que pudieran ver. Supo entonces que esa decisión le haría ganar o perder la partida de la vida y, pese a que las responsabilidades le asfixiaban, decidió quedarse y luchar. ¡No estaba seguro de poder encontrar en alguna otra parte del mundo otro olor a primavera como el de aquella niña, aquella chica, aquella mujer.
Así que así comenzó la guerra contra el fin, contra el desprecio, contra el miedo y la inseguridad. De su lado estaba el bando de los cambios y de la esperanza, mientras que el enemigo contaba con los miedos, que siempre tienden a crecerse en la batalla.
Durante los primeros meses el amor se dabatio en medio, sin saber muy bien de qué lado de posicionaba. Y, finalmente, se antepuso la razón.
Aprendieron los dos.
Ella aprendió a recorrer el cuerpo de él con la yema de los dedos, haciendole temblar, a encontrar el sabor a menta en esas sonrisas de cada mañana, a leer en sus suspiros, a distinguir entre la multitud los pasos de él (y solo los de él). Imaginó su parpadeo y esa cara de no haber roto un plato que tanto la hacía enternecerse y descubrió, muy a su pesar, que había estado equivocada toda su vida porque enamorarse, despues de todo, no estaba tan mal.
Él, pequeño caballero de armadura reluciente, aprendió el valor que tenía tomarle a ella la mano cuando caminaban por la calle, descubrió lo mucho que le gustaba besarla en el cuello sin que ella lo esperara y que, despues de jugar un rato, volvieran a dejarse llevar, fue consciente de que le encantaba prepararle zumo de naranja y enredarse de vez en cuando entre su pelo y entre las notas de su piano. Se dio cuenta de que crecer, bueno, pues podía soportarlo, no sabía tan amargo como en un principio imaginó.
Y así siguen los dos, viendo lo que de verdad necesitan ver, sin necesidad de unos ojos nuevos que a ella le permitan contemplar el dibujo que va trazando despacito el pincel con el que la retrata él. 
Porque ya que nos vamos a ver si o si reflejados en algún espejo, que este nos sepa amor y nos suene a abrazos o incluso a te quieros. Así es más fácil verse guapo, ¿no?



26 feb 2010



¿Sabes? Hoy me he dado cuenta de que tú tambien buscas mi mirada.
Hoy me he dado cuenta de que necesitas tocarme, aunque solo sea un poco. 
Necesitas tu piel sobre la mia para poder sentir que soy real. A veces necesitas que te hable, que te sonria, que te haga caso. Necesitas, incluso, escuchar de vez en cuando como me late el corazón. 
Necesitas que te quiera de la forma en la que solo yo se quererte porque soy la única persona que sabe como hacerlo. Como hacerlo bien.
Necesitas un susurro, una caricia, un beso, un despiste... Necesitas que de un par de sorbos a tu cerveza para que te sepa bien. Necesitas ese escalofrío que sientes cuando deslizo mi mano hacia abajo desde tu oreja. Necesitas sonreir mientras me dices que soy tonta. Mientras me dices que soy tu mejor amiga. Mientras te doy un beso en la mejilla. Mientras bostezo, mientras hablo, mientras haces como que no me escuchas, como que no me quieres tanto.
Necesitas que esté bien porque, si no, no puedes estar bien tú.
Necesitas que sea feliz porque, si no, no eres capaz de serlo tú.
Necesitas dedicar un par de minutos al día en pensar en mi.

Yo,  ilusa de mi, con todo esto me conformo. Me conformo hoy, que me he dado cuenta de que me necesits tanto como yo a ti.
Y eso, querido mio, no tiene precio.
No tiene precio...

 

  





De aquí a que me dejes follarte contra la pared del baño ya va quedando menos, ¿no?
=3


6 feb 2010


A Daniel se le escapan los abrazos.
Tiene tantos que, a veces, es como si se le cayeran al suelo. Los regala, haciéndose un favor a si mismo. Es un romántico desesperado, enamorado del amor y del vino barato mezclado con coca-cola. Tiene los ojos más verdes que al envidia y la sonrisa más grande que el corazón. Que, en su caso, es decir muchísimo porque Daniel tiene el corazón más grande que existe. Tanto que no le cabe en el pecho. Se lo rompieron un par de veces y ha sabido reconstruirlo, dejándole alguna cicatriz de esas que sirven para no olvidar. A veces siente que su corazón, reparado y aun algo defectuoso, se para por momentos. Entonces es cuando le entran los miedos.
Miedo a estar solo, miedo a estar muerto, miedo a no saber vivir, a madurar, a hacerse viejo, a perder lo que de verdad le importa...
Cuando le pasa esto, cada vez más a menudo, se le encoge la mirada y se le empaña la sonrisa, pero muy pocos nos damos cuenta porque, pase lo que pase, él se obliga a no dejar de sonreír. ¡Y es que hay tanta, tantísima gente que depende de su sonrisa! Así que se traga las penas, o se las bebe algún que otro sábado y mañana Dios dirá, que los domingos no son tan malos días después de todo...
Trafica con secretos, con besos y alguna que otra vez con lágrimas, pero, ¡eh! Es que tampoco es perfecto aunque no le guste admitirlo. Que él, de vez en cuando, también necesita que le den un abrazo, que le pregunten y que le acaricien el pelo, que le manden un mensaje y que le guiñen un ojo mientras le susurran al oído un "yo también te echaré de menos". 
Por eso y por una serie de catastróficas desdichas, nosotros nos ocupamos, de vez en cuando, de que todo le vaya bien. Porque podemos perder muchas cosas, pero como le perdamos a él...
¿Qué harías tu sin nosotros, Daniel?
=3











16 ene 2010

A quien corresponda



     Me contentaba con amaestrarte 
entre los barrotes de mi cama.

Pero me olvidé 
de que tú eres muy perro 
y yo demasiado gata.




















Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!
¡No podía ser!

Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!
¡No podía ser!

Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder:
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No podía ser!


Gustavo Adolfo Becquer 

4 ene 2010

Restos del sábado.

"¿Qué? ¿Cómo dices? ¡Ah, si, claro, me encantaría seguir bebiendo contigo! Me encantaría seguir viendo tus ojos verdes y cómo me sonries mientras buscas otro trago. Me encantaría seguir observando cada uno de tus movimientos y aspirando desesperada tu olor, tus feromonas, tu algo... Si, ese algo, ese algo pegajoso, empalagoso y mutilante que tienes, que va robandome poquito a poco pedacitos de mi misma. Y ni siquiera te das cuenta. Me encantaría seguir disfrutando del ciclo de tu incesante parpadeo, de tus descuidos y de tus torpezas. De tus abrazos, de esos besos en la mejilla que me das cuando te has pasado y has hecho que me enfade. Me gustaría mucho que siguiera siendo en mi en quien te apollaras cuando empiezas a ver doble, cuando estás muy cansado. Me gustaría que volvieras a acariciarme el pelo como aquella noche, que volvieras a cuidarme como aquella noche, que volvieras a mirarme como aquella noche. Sería cojonudo, cariño. Me encantaría poder dejar de adivinar el tacto de tu piel y poder sentirla, que tiene que ser mil veces más placentero. Me encantaría ser la que te acaricia la espalda, la que te ve dormir cada mañana. Me encantaría que dejaras de repetir que soy tu mejor amiga y que me comieras la puta boca de una vez, porque te aseguro que, a estas alturas, no voy a aguantar mucho más esperandote. Me encantaría poder exigirte cosas, como que me quisieras.
¡Joder, eso, eso es!
Que me quisieras a mi.
Que me quisieras a mi y que no la quisieras a ella."

Nubes


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