21 sept. 2010

La rebusca


Frío, como los témpanos, como ese fondo de frigorífico pendiente de una correcta descongelación, y como muchos otros adjetivos que a cualquiera se le puede ocurrir. Eso es lo que pensaba ella al ver semejante panorama. Todo revuelto, tirado por el suelo, nada tiene lógica y daba la sensación de que alguien se había esmerado en dejarlo así, con saña. Pero ¿qué andarían buscando entre sus braguitas multicolor, una en la ventana y otra en el radiador? Nada tenía guardado de valor, era de esas personas que si iba a morir, moriría con las botas engarzadas de diamantes puestas.

Descolgó el teléfono, y tres números marcó. A alguien tendría que dar aviso de esa violación de lo que ella consideraba trivial, su intimidad. Quizás fuese eso lo que querían robar. Respuesta recibió, y sobre lo acontecido relató lo poco que ella sabía, y lo mucho que angustiada se veía. La tranquilizaron, la informaron de que alguien iría a atestarlo, y colgaron, que el teléfono está muy caro.

Mientras la visita esperaba, nuestra amiga se puso a recoger el desastre que enterraba su habitación, ya de paso descubrir qué es lo que faltaba. Poco a poco, las cosas aparecían unas detrás de otras, y estaba todo. De repente, una campana se oyó a la lejanía del pasillo de la casa. Fue a abrir, y al otro lado un azulado libreta en mano y mirada de “hago esto porque quiero comer” se dispuso a enterarse de lo acontecido en el cuarto piso sin ascensor de esa casa céntrica. Poca respuesta obtuvo, y en cuanto se dio por satisfecho, se despidió con un “tenga cuidado”, y marchó con sus gestos cuadrados.

Después de la sincronizada escena, un segundo número de teléfono cruzó su mente atareada en devolver a su estado original su morado cuarto. Su dedo voló sobre el teclado, y en cinco segundos de reloj, una grave voz sonó. Relamidas frases, indirectas lanzadas a hueso y explicaciones después,  la voz se personificó en su puerta. Al final, todo había vuelto a su orden, y eso sólo había una forma de celebrarlo.

Pero, en medio de la fiesta, ella descubrió qué le habían sustraído. Algo que, aunque barato, en un momento así no tenía precio en este mundo de los deseos, de los sentimientos, y de los suspiros ante los rayos de un sol de otoño. Y que, a su pesar, la celebración cortó, hasta que unos nuevos pudo recuperar.

La habían robado los condones.




 Recien sacado del horno, esto es un regalo de Héctor el magnífico.
Os recomiendo que le busqueis en su rinconcito, no tiene desperdicio!
                                                                     EET FUK

8 comentarios:

  1. Entre la música lenta y la desesperación plasmada en cada letra, la tristeza acudió a mí, pero.. al final me he echado unas buenas risas ^^
    Un besoo

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  2. Si es que a veces lo más barato tiene un valor incalculable... Muy buen texto.

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  3. Uhmmm creo que para esos casos de emergencia es el coito interruptus, en el cual, modestia aparte ¡¡soy un experto!!

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  4. Por lo menos el ladrón no tenia mala intención. Mucho peor sería que los hubiera dejado pero agujereados.

    PD.:Yo tambien drac. Eso si, yo no lo llamo coito interruptus yo lo llamo masturbación.

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Grita un poquitín más alto...

Nubes


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